jueves, marzo 20, 2008

El fruto de... la locura.

Una raya, dos. Un circulo un poco chueco pero debía ser así para construir un rostro perfecto con ojos en cruz y la lengua de fuera. Un sol radiante coronado de cuervos, rayó varias líneas que constituían una frase, su dogma, su vida. Moriría ahí, lo sabía y no cuestionaba su destino, nació con ello y moriría por su causa. No atendió a la llamada de la loquera, no le interesaba oír su parloteo incesante o sus intentos de que abriera un poco la boca.

Joaquín, Joaquín.

Lo llamó el enfermero pero él lo ignoró también. Continuó con sus anagramas, con sus letras que sumaban números, con un mundo imaginario donde todo lo inanimado cobraba vida. El hombre se cruzo de brazos. Al final lo tomó de los hombros y lo haló.
Él miró la pared rayada, esa que pintaban de blanco y él volvía a decorar. Ahí sentado estaba Joaquín, con sus crayones, con sus plumas mientras que él era llevado a otro sitio ¡No era justo! Él también quería quedarse ahí.

El enfermero se cansó de cargarlo y lo dejó caminar, pero le seguía de cerca por sí a él le daba por escapar y abrir la reja de su cuerpo con los dedos. Pasaron por un pequeño jardín, las sombras se alargaban haciéndole notar que ya era tarde. La hora, la hora, la buscó por todos lados, hasta que la encontró pintada en su mano, si era tarde. Su sombra le persiguió mientras sus pies tronaban contra el asfalto, de pronto alguien le seguía pero sólo era su persecutor negro. Lo miró de reojo. Tan oscuro, tan profundo, tan persistente. Observó al enfermero detrás de él, y se sobresaltó tratando de alejarse más, era presa del terror de ver un conocido en un extraño.

Entró al largo pasillo lleno de consultorios, se fijó que en un rincón del pasillo había una niña, oculta entre las sombras.

Qué hace ella aquí, qué hace ella aquí.

Gritó a todo pulmón mientras apretaba los puños de ira. No la quería cerca, lo lastimaba. Ella lo había traicionado al arrancarle el corazón en un dibujo, y no sólo la felonía lo hirió sino también el miedo, su propia ira y aquel sentimiento de muerte, de duelo.

Quiso ir y patearla pero el enfermero se lo impidió.

Vamos Joaquín, no hay tiempo.

Le recordó mientras lo halaba. Pero no había excusa que valiera la pena, quería golpearla, volverse una masa sanguinolenta, gritar a todo pulmón para ver si así sacaba el alma. Lanzar las cosas a la nada, enterrarse las uñas en la cara, en los brazos, desgarrarse la piel si era necesario con tal de sacarla de ahí.

Los pasillos se torcieron, se hicieron pequeños mientras un desfile iniciado por el tostador y el refrigerador marchaban hacía el inicio y el fin.

Ring, ring, la contestadora se encuentra enferma en estos momentos pero el refrigerador le contesta, si le deja su mensaje se lo pegara en un post.

Detrás de ellos los seguían varios dioses que pregonaban la importancia del azúcar en las verduras; más atrás iba un carnaval de insectos de cuencas sin ojos. Y con ellos iba la niña.

Joaquín lo oía, esa melodía que decía que lo escuchaba y estaba ahí. Que lo acogía con tanta familiaridad, llamándolo a su lado. Por eso le tenía miedo. Alguien que te conoce tan bien no puede ser buena, alguien que sabe todo de ti no puede sino lastimarte con más fuerza.

Se separó del enfermero, no quería ir con la loquera. Corrió dejándolo atrás, al final el hombre no lo siguió. Le dio lo mismo.

Una raya, dos. Un circulo un poco chueco pero debía ser así para construir un rostro perfecto con ojos en tache y la boca en curva. Rayó varias líneas que constituían una frase, su dogma, su vida.

La muerte es una vida vivida. La vida es una muerte que viene. Vivir no es sólo existir, sino existir y crear, saber gozar y sufrir y no dormir sin soñar.

Moriría ahí, lo sabía y no cuestionaba su destino, nació con ello y moriría por su causa. Por eso creaba, por eso soñaba. No había tiempo para repararlo porque lo que él tenía no era curable. Miró a la niña que hacía a su lado, tan pequeña, tan acuchable, con sus rizos perfectos, con su sonrisa pintada y sus ojos de botón. Levantó a su muñeca. Dejó las pinturas a un lado y corrió hacía el desfile.

La perdonaba. La quería. Aunque a veces, aún deseara patearla…

2 comentarios:

Cuencas Vacías dijo...

Muy elaborado, algo complejo de seguir. Es bueno aunque es fácil perder la hilación de los personajes.

Eritia dijo...

Apoyo a aretusa, es un poco complejo y sí es para ponerle un poco más de atención pero me gusta. Dos palabras finales : qué loco!