Camila corre por la calle, de noche, en tacones. Camila es una mujer perseguida. El Acechador va tras ella, la vigila, la espera, le tiende una emboscada.
"Tienes que pasar por este camino Camila, y entonces serás mía".
Amenazas al estilo telenovelesco que Camila odia. No es que Camila haya oído alguna vez la voz del Acechador, o le haya visto siquiera. Ese tipejo es una parte oscura de la vida de Camila que ella ignora.
La sombra que le sigue los pasos, que le quiere matar. Que ella percibió oculta entre la nada de la vacuidad, la nada de la soledad, la nada de ser nada para los demás. Por eso ahora corre buscando de antemano las llaves en su bolsa. Para llegar a casa y dejar que la luz artificial la cobije y mantenga a raya el miedo.
El Acechador va tras ella, cae sobre ella, el Acechador la somete.
Camila llora.
Camila se debate.
La gente pasa junto a ella, alguien trata de levantarla.
"Tiene un ataque, llamen una ambulancia".
Un ánonimo trata de detenerla, de evitar que se arañe, que grite y se retuerza en dolorosa contorsión sobre el asfalto. Más es inútil intentar arrancarla de las garras su psique, pues su jaula está hecha de carne, huesos y piel... su carne, sus huesos, su piel y el corazón que late dentro de todo ello, el preso de esa reclusión.
Por que el Acechador no es otro que su amor contenido, la vida no vivida, la pasión no entregada que enloquece y quema por dentro.
Camila se rinde, su ser se abrasa mientras un camillero la amarra.
"¡¿Podrás unir estás cenizas que han quedado?!. ¡Dame forma, mira Acechador me he quebrado!." Grita una chica pero los ecos de su plegaria sólo le resuenan por dentro.
miércoles, junio 13, 2007
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