Egle, Eritia y Aretusa, cuidan un mítico jardín de delicias en cuyo centro se encuentra el árbol de Hera, cuyos frutos otorgan la inmortalidad. Un fruto que ni siquiera el héroe Heracles pudo probar.
Este es nuestro jardín, donde las palabras dan forma a las quimeras nacidas en nuestras almas. Donde la prosa trata de alcanzar la inmortalidad de la trascendencia, donde la vida misma se nos escurre entre los dedos cual arenas del tiempo.
Aretusa