miércoles, noviembre 21, 2007

El fruto de... las manos

Manos decrepitas, arrugadas por el tiempo y deterioradas por el trabajo; levantaron una fina taza de porcelana, con figurillas finamente trazadas; en su interior, un brebaje para calmar los nervios, lo tomaba tres veces al día, como le había dicho la mujer vestida de blanco.

Se encontraba sola en esa gran casa, que podía albergar a cientos de huéspedes, todo lleno de lujos y comodidades, todo eso para ella, y no por egoísmo, sino por la falta de cariño. Hubo mejores tiempos, días llenos de felicidad, tranquilidad y paz absoluta, que todavía revoloteaban en su mente, como si los hubiera vivido ayer. Intento levantarse de la mecedora, que suavemente la acogía cada mañana, le costo trabajo pero al final lo logro, cada día que pasaba era más cansado moverse, vivir.

Con las yemas de sus dedos recorrió la fina caja de música, giró, giró, la perilla hasta que comenzó la suave melodía. Tuvo ganas de bailar, como antes, pero sus débiles piernas se lo impidieron, ya no estaba para eso. Otro día más, y continuaba con esa existencia hastiada, no comía, había días que no sentía el apetito.

Llegó a su fina recamara y quitó las sabanas de satén, introduciéndose en la cama fría, miró el techo por largas horas, intentando conciliar el sueño, el día había llegado a su fin.
Antes de cerrar los ojos, se preguntó lo mismo que se cuestionaba cada noche, ¿cuándo llegarían sus padres?, ¿esa mujer vestida de blanco seguirá atendiéndola?. Hizo cuentas mentales, pronto, pronto saldría de ahí, ellos se lo prometieron, le prometieron ir cuando cumpliera diez años.

Manos blancas y lisas, acomodaron las sabanas. Afuera la mujer vestida de blanco, anotaba rápidamente, en una pequeña libreta, la pequeña del Valle seguía igual. Suspirólargamente, y camino por los pasillos del hospital, meneaba la cabeza, hasta cuando, hasta cuando, dejaría de negar la realidad.