domingo, marzo 02, 2008

Mariposa

Mi dulce Mariposa que extiendes tus alas por cualquiera, no puedes entender que yo de verdad te amo y al decirte que de verdad te amo no quiero decir lo mismo que todos los otros que te han dicho que de verdad te aman.

Mi pobre Mariposa. A mí no tienes que engañarme con tu cara pintada, tu posa, tu cuerpo y tu boca. No gastes tus conjuros seductores en mí. No hace falta porque te amé, de verdad te amé a cada momento desde el primer momento. Sin importar que el único deseo que albergaras en tu corazón hacía mí haya sido el de matarme.

Querida amada, no me mires así, ya sé que lo único que de verdad no podrías perdonarme es que deje de luchar.

¿Puedes tomar mi mano? Al menos cumple este, mi último deseo. ¿Cuánto tiempo estuviste perdida, vagando en este mundo tan oscuro sin saber a donde ir?

No me beses que tus labios me queman. No necesito un beso hipócrita, ni tu mirada compasiva. No me des falsedades que me muero más rápido. Dime la verdad y déjame verte como en verdad eres, no pretendas que me entiendes. Di que me aborreces y confortarás mi alma.

¡Deja de llorar! Lograrás que me crea que te duele.

Te amo. Yo sí te amo. Yo te amo. Te amo. Y ya no sé como decírtelo para que lo comprendas o para que yo lo crea hasta el último segundo. Que mi fe no se rompa y que sea mi única palabra que te cumpla. Nunca sabremos la verdad y ahora estarás verdaderamente sola.

Ámame, deséame, extráñame, mátame.

Mí querida Mariposa siempre supimos que una de las dos tenía que perder.

viernes, febrero 01, 2008

El fruto de... mi temor a la oscuridad

Sobre mi, todo es oscuridad y es justo bajo ella donde todos los demonios se me escapan. Salen de mis manos, mis labios, pies, piernas y lo que resta del cuerpo, les tengo miedo, miedo por que arden, queman y sonrojan.

Y no veo nada, aún cuando tengo los ojos más abiertos que en cualquier otro momento, pero sé que está ahí, sobre mi y tan oscuro es todo que sin decisión me dedico a sentir, esas uñas que agradables duelen, el balance perfecto y los sonidos mudos.

Y es que lo siento con cada palmo de piel, tibio, unido a mi, a él, la oscuridad en sí misma literalmente sobre mi, me extravío y tiemblo de miedo, quien soy? Por qué me pierdo? Donde estoy? Para qué saber, sólo me desvanezco y ya no soy quien recuerdo.

Por fin se desvanece el manto nocturno entre las sábanas iluminadas para descubrir que yo vuelvo a ser lo que solía y el sigue siendo negrura aún a plena luz del día.

miércoles, noviembre 21, 2007

El fruto de... las manos

Manos decrepitas, arrugadas por el tiempo y deterioradas por el trabajo; levantaron una fina taza de porcelana, con figurillas finamente trazadas; en su interior, un brebaje para calmar los nervios, lo tomaba tres veces al día, como le había dicho la mujer vestida de blanco.

Se encontraba sola en esa gran casa, que podía albergar a cientos de huéspedes, todo lleno de lujos y comodidades, todo eso para ella, y no por egoísmo, sino por la falta de cariño. Hubo mejores tiempos, días llenos de felicidad, tranquilidad y paz absoluta, que todavía revoloteaban en su mente, como si los hubiera vivido ayer. Intento levantarse de la mecedora, que suavemente la acogía cada mañana, le costo trabajo pero al final lo logro, cada día que pasaba era más cansado moverse, vivir.

Con las yemas de sus dedos recorrió la fina caja de música, giró, giró, la perilla hasta que comenzó la suave melodía. Tuvo ganas de bailar, como antes, pero sus débiles piernas se lo impidieron, ya no estaba para eso. Otro día más, y continuaba con esa existencia hastiada, no comía, había días que no sentía el apetito.

Llegó a su fina recamara y quitó las sabanas de satén, introduciéndose en la cama fría, miró el techo por largas horas, intentando conciliar el sueño, el día había llegado a su fin.
Antes de cerrar los ojos, se preguntó lo mismo que se cuestionaba cada noche, ¿cuándo llegarían sus padres?, ¿esa mujer vestida de blanco seguirá atendiéndola?. Hizo cuentas mentales, pronto, pronto saldría de ahí, ellos se lo prometieron, le prometieron ir cuando cumpliera diez años.

Manos blancas y lisas, acomodaron las sabanas. Afuera la mujer vestida de blanco, anotaba rápidamente, en una pequeña libreta, la pequeña del Valle seguía igual. Suspirólargamente, y camino por los pasillos del hospital, meneaba la cabeza, hasta cuando, hasta cuando, dejaría de negar la realidad.